
Casi todos hablamos del estrés como si fuera el villano de una película, pero la realidad es más compleja. Científicamente, el estrés es una respuesta evolutiva diseñada para ayudarnos a sobrevivir. El problema no es que aparezca, sino cuánto tiempo decide quedarse.
No todo el estrés es malo. Cuando es de corta duración y moderado, nos beneficia de varias formas:

El peligro real surge cuando el estrés se vuelve «el pan de cada día».
A menudo pensamos en el estrés como algo que sucede solo «en la cabeza», pero es una experiencia profundamente física. Cuando el estrés se vuelve crónico, el cuerpo entra en un estado de alerta permanente que termina pasando factura a casi todos nuestros sistemas.
El estrés no es solo lo que te ocurre hoy, sino cómo tu cerebro interpreta que eso es una «amenaza». Esa interpretación depende directamente de tu historia de vida y de las creencias que has ido construyendo.
Nuestro sistema de respuesta al estrés se calibra durante la infancia.
Si, por ejemplo, creciste en un entorno donde el caos era constante, tu «termostato» interno puede haberse quedado fijado en un nivel alto. Esto hace que, de adulto, reacciones con una intensidad física desproporcionada ante problemas menores, porque tu cerebro aprendió a estar siempre en guardia.
También puede ocurrir que creciste en un entorno altamente exigente o dónde se premiaban los logros y se castigaban los errores. Ello te ha podido llevar a un alto nivel de auto exigencia y perfeccionismo que te genera altos niveles de estrés.
En otras ocasiones, el estrés puede venir dado por un exceso de protección y cuidado hacia los demás. Pudiste crecer en un entorno donde no fuiste cuidado y ahora estar compensando o bien, donde aprendiste como prioridad, cuidar de otros. Ello puede impedir que te priorices en tus propios cuidados, poniendo por delante a los demás antes que a ti mismo.
Muchas veces, el estrés no viene de la carga de trabajo, sino de las reglas internas que nos autoimponemos:
El estrés crónico mantiene altos los niveles de cortisol y adrenalina, lo que puede manifestarse a través de:
No necesitas cambios radicales para empezar a notar mejoría. Aquí tienes algunos recursos que te pueden ayudar a gestionarlo mejor y de una forma más equilibrada:
El estrés es como la cuerda de una guitarra: si no tiene tensión, no suena; si tiene demasiada, se rompe. Aprender a detectar cuándo hemos pasado del «impulso positivo» al «agotamiento» es el primer paso para cuidar nuestra salud. En el equilibrio, está la clave.
Por otro lado, indagar en el ambiente emocional en el que crecimos y conocer qué creencias pueden estar influyendo en la manera en que gestionamos el estrés, nos puede ayudar y dar recursos para vivir esas experiencias desde ese equilibrio.
¿Te has sentido identificado con algunos de estos aspectos? ¿Desearías profundizar un poco más en cómo gestionas tú el estrés y cómo tu infancia te puede estar condicionando?
Tenemos las herramientas para acompañarte en ese proceso y poder darte los recursos que necesitas para aprender a identificar y gestionar el estrés desde un equilibrio. No lo dudes, contáctanos.