Hacer la lista de la compra mentalmente mientras respondes un correo, revisar tres veces un mensaje antes de enviarlo, recoger lo que otros se dejaron por el camino porque “para hacerlo mal, ya lo hago yo”… Y todo esto, en automático. Sin cuestionártelo.
Muchas veces ni siquiera somos conscientes de nuestro nivel de autoexigencia porque hemos normalizado vivir en aceleración. Creemos que simplemente somos «así»: responsables, eficientes, organizadas, las que siempre pueden con todo.
El problema es que, casi sin darte cuenta, esa búsqueda de hacer las cosas bien deja de ser una virtud y se convierte en una mochila invisble que te agota en el trabajo, en el hogar y en tus relaciones.
El perfeccionismo en sí no es algo malo. De hecho, gracias a él seguro que consigues resultados impecables, la gente confía en ti y transmites un orden que da seguridad. Es una energía llena de compromiso y capacidad.
El desgaste empieza cuando la excelencia se convierte en una norma rígida.
¿Te suena alguna de estas situaciones? Si es así, no es que te falte organización ni tiempo. Lo que ocurre es que tu sistema está funcionando en un modo de alerta que aprendió hace mucho tiempo.
Nadie nace con una calculadora de exigencia en la cabeza. La necesidad de control y perfección es, en realidad, un mecanismo de protección que construiste en el pasado para sentirte segura.
Si echas la vista atrás, es muy probable que encuentres alguna de estas realidades en el ambiente donde te criaste:
Para equilibrar esta cualidad no necesitas añadirte más tareas ni exigirte «dejar de ser perfeccionista» (eso sería otra trampa). El verdadero cambio empieza cuando entiendes para qué actúas como actúas.
Te proponemos dos pasos para mirarte con curiosidad y sin juicio:
Tómate un momento a lo largo del día y observa tu piloto automático:
Ahora, viaja por un instante a tu infancia o adolescencia y observa el ambiente emocional de tu hogar:
Entender que tu exigencia actual no es un «defecto de fábrica», sino una estrategia de adaptación que aprendiste de pequeña, te permite mirarte con muchísima más amabilidad.
No se trata de que dejes de hacer las cosas bien ni de perder tu esencia detallista y comprometida. Se trata de quitarle el miedo, la culpa y la necesidad de control, para que puedas disfrutar de lo que haces sin dejarte la salud ni la paz en el intento.
Soltar patrones que nos han acompañado desde la infancia no se consigue de la noche a la mañana, y no tienes por qué hacerlo sola.
Si sientes que ha llegado el momento de aligerar la mochila y aprender a relacionarte con tu exigencia de una forma más sana y tranquila, en Inconsenergy estamos aquí para acompañarte en el proceso.
Contáctanos a través de la web o de nuestros teléfonos móviles. Estaremos encantadas de charlar, conocer tu historia y ayudarte a recuperar tu propio equilibrio.